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Comunicado: Actualización tarifas el vecino mes de Mayo 2018
01/06/2018
El aporte indígena a la gobernanza del agua
08/06/2018

Es vecina de la vereda El Rodeo del municipio de La Calera. Conocedora de secretos que guardan las plantas y los territorios, es una mujer que sin duda alguna representa esa conexión esencial que debemos buscar para restaurarnos en nuestra comunión con la naturaleza.

Por iniciativa propia en 2017 Amanda nos invitó a hacer uso de su finca para las actividades relacionadas con la recuperación de la Gran Cuenca. Desde ese momento iniciamos la labranza de una huerta de tubérculos y frijol, especies medicinales y prácticas culturales para la propagación de plantas nativas y la siembra de agua.

Ella nos acompañará en “El vecino” de ahora en adelante con sus ensaladillas y mitos sobre el agua, los cuales aprendió desde muy pequeña cuando en los trapiches de su casa el encargado de mantener a todos despiertos contaba sin número de historias sobre la naturaleza, las deidades y sucesos fantásticos, luego ella encontró registros de algunas historias en diferentes publicaciones literarias. Esta es la primera de sus historias sobre el agua:

Las lagunas encantadas

Una hermosa y antigua descripción de las lagunas encantadas o lagunas bravas, hace Manuel Ancízar en su libro Peregrinación de Alpha: “¿Y qué encanto tiene la laguna, mi amigo?

-Pues figúrese vusté que se ven por sobre el agua unas calabazas muy blancas y muy bonitas.

¡Dios me libre de cogerlas! Aquí hubo un hombre forastero que no conocía las cosas de la tierra, y caminando para La Florida columbró las calabazas, cogió dos de las chiquitas, las echó en la ruana y siguió su viaje. A poco empezaron a venir nubes y nubes sobre el monte, y de ahí a llover, y después a tronar y ventear y caer rayos que daba miedo: era que la laguna se había puesto brava. El forastero seguía, pero no podía regender por el barro, porque las calabazas le pesaban mucho en demasiado. Como ya se le escurecía y se cansaba con el peso, soltó las puntas de la ruana para botar las calabazas, y, con permiso de sumercedes, cayeron al suelo, no las calabazas, sino dos serpientes amarillas tamañotas que echaron a correr para la laguna que entonces se aquietó”.