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Cuando veo la manera como la autodenominada “civilización occidental” o sea nosotros, estamos acabando con nuestro mundo y la necesidad urgente de volver nuestra mirada a aquellos pobladores legítimos de estas tierras, recuerdo un antiquísimo poema semita que canta la experiencia de un pueblo despreciado que fue capaz de revertir la historia convertirse en un paradigma para el mundo. Dice el fragmento del poema: “La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular.” (Sal 117,22).

 

 

Todos sabemos que estos pueblos fueron invadidos por los bárbaros europeos que llegaron con su sed de oro, de plata y de todas las materias primas posibles. Los legítimos dueños de estas tierras que habían logrado construir grandes civilizaciones como los aztecas, los mayas y los incas; estos pueblos que desde distintas latitudes habían desarrollado un conocimiento profundo en la agricultura, la arquitectura, el arte, la música, la política; estos pueblos que construyeron ciudades en armonía con la naturaleza como Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta, Tenochtitlan la ciudad flotante en México o Machu Pichu en Perú; estos pueblos que lograron hacer grandes sistemas de regadíos para garantizar el agua en tiempos de sequía y aprovecharla y evitar catástrofes en tiempo de lluvia como lo hicieron los Zenúes de la sabanas sucreña y cordobesa; estos pueblos que lograron vivir y convivir y ver en la selva amazónica no un monstruo que devora sino una madre que hace posible la vida como los Huitotos y los Kamsá; en fin, estos pueblos que se construían de manera legítima y muy diferente al pueblo que los invadió, sufrió el genocidio más grande de la historia con alrededor de 120 millones de personas asesinadas.

Durante mucho tiempo por esa macabra influencia de los invasores y sus sistemas políticos, religiosos, educativos que favorecían la colonización, todo lo relacionado con el mundo del indio fue despreciado. Decir indio era decir sucio, tonto, incivilizado, poca cosa. Según esa lógica perversa en la que crecimos, los indios no tenían religión, tenían superstición. No eran civilizados, eran salvajes. No tenían idioma, tan sólo dialectos. No tenían arte, tan sólo una primitiva artesanía. No eran propiamente humanos, eran nativos a quienes se podía dominar o exterminar con cruz y con la espada. Eran como esas piedras desechadas por los arquitectos del mundo, por los invasores europeos que sembraron el mundo de miserias con su lógica dominante y destructora de la naturaleza; lógica que también hemos aprendido nosotros los hijos de esta orgía de sangre.

 

 

Pero hoy, cuando vemos que con esa lógica colonizadora estamos yendo directo al barranco, a la autodestrucción, estamos descubriendo que esos pueblos nativos, sus lógicas humanas, religiosas, artísticas, espirituales, su relación con la madre naturaleza, su estilo de vida que fue despreciado y hasta exterminado, son necesarias para salvar el planeta donde todos tenemos que caber, donde todos tenemos derecho a vivir y el deber de convivir.

Se reafirma lo que dice el antiquísimo poema semita: “La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular” (Sal 117,22). Este mirar a nuestros pueblos indígenas descubriéndolos como la piedra angular que necesitamos para salvar el planeta se está haciendo desde las espiritualidades rescatando la riqueza de su experiencia religiosa con la madre tierra. Desde la academia pues en distintos sitios se hacen estudios, tesis de pregrado y de postgrado como El informe “Trabajando pueblos indígenas en agua y saneamiento rural: recomendaciones para un enfoque intercultural” el cual presenta recomendaciones sobre cómo implementar  la integración intercultural en los proyectos de agua y saneamiento rural con los pueblos indígenas, especialmente en América Latina. Trabajo realizado por el Centro para la Gobernanza del Agua PNUD-SIWI, el Fondo ODM y la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (URACCAN). Trabajos de grado como la tesis de maestría “Gobernanza del agua desde una perspectiva indígena el caso de la mesa regional amazónica”, de la Universidad Javeriana, que evidencia cómo emergen propuestas para la gobernanza del agua desde una perspectiva indígena en el contexto de la Amazonia colombiana. Como las anteriores existen otras muchas otras propuestas que reivindican el aporte de los pueblos indígenas.

Para la recuperación de nuestra Gran Cuenca del Río Teusacá y específicamente para la gobernanza del agua es necesario mirar también a aquellos hombres y mujeres que fueron despojados de ella por la lógica invasora de los europeos; lógica que casi todos hemos copiado. Es necesario aprender de su espiritualidad profunda con la montaña, con las lagunas, con el aire y la lluvia, dones sagrados de la Madre. Aprender de aquellos muiscas que construyeron caminos para el comercio y para la comunicación, sin dañar ni despojar; que se sintieron no los dueños de la tierra con la potestad de poseerla y de dominarla, sino los hijos que reciben todo el alimento de ella y que a su vez tienen la responsabilidad de cuidarla y heredarla a las nuevas generaciones.

Estamos ante la necesidad de mirar a esos pueblos, a lo que queda después del genocidio, reivindicar su mundo y aprender de ellos, volver a la lógica del “sumak kawsay”, el buen vivir y el buen convivir del que hablan los pueblos andinos.

Autor: NEPTALÍ DÍAZ
Vigia: La Calera / Cundinamarca – Colombia